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Juan Ramón Martínez

Estampas de Honduras, de Doris Stone, la hija de Zemurray

Rafael Heliodoro Valle

DORIS STONE va de prisa. Una vez se apoderó de un cuartel en San José de Costa Rica para convertirlo en museo; poco después formó parte del grupo que colocó una lápida en uno de Tegucigalpa, que iba a transformarse en la Casa de la Cultura; antes ha escrito sobre temas arqueológicos de la América Media; y ha podido llegar a la Historia por los caminos nebulosos de la Arqueología. 

Doris tiene la fina locura de un avión con alma de mariposa. Anteayer ayudó a organizar en un valle ensoñado, la Escuela Agrícola Panamericana, que da becas a los jóvenes que buscan en la tierra el arca de los tesoros inagotables; ayer reunió a los indios cabécares, bribies y borucas de Costa Rica, para dar a la Antropología una visión más hermosa que la que le dan los textos y a la Americanística la importancia de estudiar el indio vivo, doliente, más que el indio muerto que con su sonrisa de basalto supo desafiar la muerte; y hoy escribe este libro en el que remueve bellas flores de leyenda, paisajes, humanidad, y cosas de todos los días, como en un canto en homenaje al país que la ama.
Y no contenta con haber estudiado y escrito tanto, haber hallado manuscritos y auscultando atentamente el corazón moreno de Honduras para componer un poema en tecnicolor, aparece ahora con su sencillez de madrina dibujando en una galería de recuerdos y de imágenes las huellas de los descubridores y los exploradores, la sombra de los pájaros al mediodía y de los fantasmas en la selva, todo lo que es alegría, color y pureza de Honduras. Por este libro cruzan el paisaje en la cuna de la luz, los primeros martirios de un pueblo que ha sufrido en la viva carne, las iras del machete y las infamias de la opresión; y en medio de esa angustia, ha subido a los mayores vértices para gozar los panoramas con flores sin nombre, los mismos pájaros del Popol-Vuj, clasifica Twomey, y muy en el fondo, en la lejanía sollozo eterno de los ríos, la voz del viento entre los pinos. Ha repasado las piedras en que los escribas mayas sepultaron sus secretos y los escultores trazaron su poesía intemporal; y ha revisado el herbario precolombino, el folklore hispano; indígena que se fue soterrando en los pueblos humildes, las mujeres que van hacia el mercado con el pan frumenticio, el niño triste y la miel frutal; y los hombres descalzos que otean el horizonte en el silencio nocturno…

Este libro ha sido trabajado en lentas excursiones a través del país en que la flor del pino se abre, invisible, cuando la luna llena unta su brillo sobre los cerros y las almas. Nace en el hondo más allá de la Honduras antigua en que el Dios del Viento bajó de las nubes para conversar con los sabios de Copán y el río suspendió su aliento para escuchar las confidencias de la ciudad sagrada. Ha sido elaborado con amor, con el conocimiento, como lo hacían sobre la película del amate los fabricantes de códices. Porque no se ha conformado con interpretar las palabras herméticas y aprender fragmentos de conjuros abolidos, sino que, a caballo y en avión, ha recorrido de la Honduras inédita, desde la vieja Tologalpa de los indios polígamos y los franciscanos ansiosos de morir, hasta las costas en que el árbol del pan prolonga sus promesas y el agua de lluvia se esconde en el cilindro vegetal para ofrecerse a los caminantes sedientos.

Doris Stone no ha sido un viajero más, sino una curiosidad intrépida, que ha contemplado desde las verdes cúpulas andinas el litoral sembrado de palmeras y las islas que fueron madrigueras de piratas y que Colón visito como en un sueño. Ha sentido en los pistilos de la orquídea la sensación aliviadora de la brisa y nos presenta una nueva visión de Honduras, un relato en el que se injertan la osatura del inglés a los nervios del español que ha aprendido en los pueblos callados, entre el alborozo de las luminarias. 
Y este es el encanto del libro, esta su gracia. Hace historia sin señalar fechas inútiles, poda lo episódico, lo incidental, dejando a la luz que pase con su alegría entre las ramas densas que interrumpen el espectáculo del paisaje histórico. 
Doris no desconoce que mucha noticia está sumergida en los archivo y que más de una ha sido tergiversada por la tradición; pero no pretende exhibir su sapiencia, que ha explorado en los laberintos de la cerámica, y ha podido lucir en monografías reveladoras de una realidad antropológica en que se mezclan mayas y mexicanos, con las gentes que vinieron del África y los pobladores que trajeron del Occidente las semillas de nuevos problemas y los firmes esquemas de su civilización.

En Honduras se siente el pulso de la América que viaja y se estremece. País telúrico en el que se entrechocan los pleamares y los contrastes de la sensibilidad americana, Honduras ha percibido los estremecimientos del hombre precolombino, que no se sabe de dónde procedió, y las emociones del que vino de las tierras de niebla y de sol para escribir la primera sinfonía del Nuevo Mundo. Por Honduras pasaron el Almirante iluminado, Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís, exploradores del Brasil y la Argentina; Sebastián de Benalcázar, conquistador en Sud América; Juan de Grijalva uno de los exploradores de México, que sucumbió en una de las primeras matanzas; Juan Vázquez de Coronado, conquistador de Costa Rica, que buscó riqueza y bienestar; Pedro de Alvarado, enamorado donjuanesco, que fue uno de los capitanes más épicos en las conquistas de México y el Perú; Hernando de Soto, cuya figura resplandece en el gran friso en el que hallan el Perú y el Mississippí; Juan de Rada, que presenció la muerte de Cuauhtémoc y la de Atahualpa, que fue compañero muy próximo de Cortés y de Almagro; y el último, que siempre es el primero, Sr. capitán de capitanes, Hernán Cortés, cuyo nombre está proclamado por uno de nuestros puertos. En Honduras se celebró la primera misa en tierra firme americana; la rosa de los vientos palpitó desde la primera intuición en busca del paso interoceánico; y más tarde nacieron allí dos de los centroamericanos continentales: José del Valle y Francisco Morazán
El libro de Doris Stone viene a presentar la Honduras que ella siente y ama; la Honduras de la humildad orgullosa y la que ha mezclado al llanto la alegría. En estas páginas ha estilizado los perfiles de su geografía y las pericias esenciales de su historia. Por ello es la presentación de un cuadro en que alternan las figuras contradictorias del evangelizador y el destructor, la del maestro que se santificó en el servicio de los ciegos de espíritu, rodeados por torrentes de luz física, y el santo que visitó al bandido en su cueva, y la mujer sensitiva que hizo con amor la casa de donde salió el hijo hacia otros ámbitos para regresar con el noble deseo de servir a la tierra que le dio lo mejor de su barro y la caricia primordial de su luz. 

En la bibliografía que puede guiar al estudioso en inglés en sus investigaciones sobre Honduras, el libro de Doris Stone ocupará sitio señero, entre los de E. G. Squier, W. V. Wells, Albert Morlan, Víctor W. von Hagen, y Archie Carr, Jr. Todos ellos han señalado hitos para el conocimiento de un país que tiene su riqueza amortizada, —la biológica y la humana— y en el que hay espacio para que prospere la flora económica del mundo. Este paraíso está en flor, como su semblanza mínima sorprendida en el aire por el pincel de José Antonio Velásquez; aun no ha sido visitado en todos sus rincones, aun guarda sorpresas que deleitarán al anticuario, al bibliófilo y al folklorista: aquí una leyenda, allá una reliquia para museo, acaso la escultura que el codicioso saqueador que, enmascarado de hombre de estudio, no ha tenido escrúpulo para llevarse al extranjero con la presa de arte colonial o el manuscrito que dará luces al historiador. He aquí otra de las calidades de este libro noble y suave, que tendrá más valor a lo largo de los días, cuando el hondureño enamorado de Honduras rescate las prendas de su viejo patrimonio y las entregue a la admiración del crítico y el esteta. Sólo quienes aman el pasado, con visión hacia el futuro, pueden comprender cuán rico es el haber de un pueblo que tiene rango entre los que ostentan varios niveles culturales y que lentamente adquieren conciencia de su ser.
Se ha dicho que Humboldt fue el nuevo descubridor de América, y en pos de sus huellas vinieron Codazzi para Colombia, Raimondi para el Perú, Bowman para Chile, Squier para Centro América, y ahora Doris Stone para ese ángulo del hemisferio en que más han vibrado como en una telaraña de sensaciones, sin haberlas cristalizado en hechos, muchas de las corrientes de la inquietud mental, pues su transformación ha sido lenta, como si quisiera utilizar las experiencias de otros pueblos en la difícil tarea de su estructuración. 

Ya Honduras va dejando de ser sólo tierra de leyenda y maravilla, y de brindar color y temario inéditos al cazador de novedades —el Harry A. Frank o el John Gunther de otros días—. Ya no es la tierra de la palmera que produce champaña, la lluvia de peces o la fuente de sangre, que —tal en nueva edición de las Mil Noches y Una Noche— ha reproducido los mismos mitos de la fuente de oro, el caballo volador y el árbol que canta. Es algo más: es un país que ha recibido, antes que otros, los signos de alerta del sismógrafo, para tener noticia de terremotos espirituales en otros rumbos del hemisferio, y su marcha hacia el progreso, ha sido interrumpida varias veces: en la primera mitad del siglo XVI por las luchas sangrientas en que concurrían ambiciones y pretensiones desde México, Guatemala, Santo Domingo y Panamá; y después de la independencia por los conflictos que creó la aspiración de hegemonía política en el istmo, las agresiones del Imperio Británico y las perturbaciones que, paralelas a las meteorológicas del Caribe, fueron una de las secuencias de la política norteamericana que precedió a la política del Buen Vecino. Así se explica el retardo de Honduras, dentro del cuadro histórico de América, para concurrir a la cita de la civilización. Y si de las ideas renovadoras de Francia recibió visible influencia en días de aislamiento mental y físico, Honduras es vecina de México, cuya metrópoli es para Centro-América desde el siglo XVI la de su cultura y los Estados Unidos de América, cuya civilización es la más importante en el hemisferio colombino.

No ha pretendido Doris Stone estudiar todos los temas que ofrece Honduras a la meditación del estudioso, pero sus atisbos hacia la realidad antropológica e histórica de una de las entidades profundamente americanas, expresan con claridad sus preocupaciones por explicar a Honduras ala alcance de los lectores en Inglés. No plantea interpretaciones ni sugiere soluciones, sino que construye la fisonomía del país con líneas simples, y tiñe muchas palabras con el matiz del buen humor, sin abusar de la anécdota que tanto agrada a los que encuentran en ella sustancia viva de historia.


Entre las expresiones del progreso en Honduras sobresale por su obra de amor inteligente, radioso, la Escuela Agrícola Panamericana que Doris ayudó a organizar, y en ella sigue desarrollando, con la colaboración del sabio Wilson Popenoe —uno de los grandes botánicos y fruticultores— la idea que le imbuyó su pasión de madrina que no desdeña tener la investidura de musa civilizadora —Ceres o Deméter— que hizo a los hombres la revelación de las espigas. Si la sabiduría puede hacer amor, la bondad es una de las formas excelsas de la vida; y esta mujer ultra dinámica, que hace fluir su actividad sirviendo, pensando, indagando, tan sólo con treguas para el trabajo en orden y el acto generoso. 
Le ha sido suficiente releer los textos de los principales cronistas e historiógrafos centroamericanos, para obtener la clara perspectiva y utilizar el mínimo color y también ha revisado la bibliografía sumaria, a fin de agotar la investigación hasta donde colinda con lo contemporáneo, explicando el origen de algunos conocimientos cruciales. Su disciplina en los trabajos arqueológicos explica el rigor de su procedimiento cuando relata el hecho que tiene base documental y señalarla puntualmente. Por primera vez da la versión sobre el motivo que tuvo el Presidente Soto para trasladar de Comayagua a Tegucigalpa la sede del Gobierno, y el que originó la guerra civil en que Domingo Vázquez y Policarpo Bonilla fueron los protagonistas de un drama que no ha terminado aún. He aquí una de las atracciones de su libro, que a buen seguro será apreciado por quienes desean conocer la verdad más próxima sobre un país que ha pasado por las pruebas terribles de la sangre y el fuego, cuyo habitante hereda diversas psicologías y reside en un territorio en que la montaña explica de las resistencias que, en el camino de la evolución, han disminuido desde el día en que la aviación demostró una vez más que las ideas y las inquietudes nuevas circulan a pesar de las aduanas y las mentes retrógradas.
El libro de Doris Stone promueve la esperanza de que Honduras sea lo que han soñado sus varones progresistas, y de que no está lejos el día en que sea un oasis habitado por gentes que, sin perder la altivez ancestral, y el don de la hospitalidad, puedan entregarse al trabajo, gozar el "pan profundo" de que habla el poeta argentino, y ser un nuevo testimonio de que en nuestra América es posible convivir en orden, pero a la sombra de la justicia. La tierra cuyos colores heráldicos son el blanco y el azul se alza en la geografía del Nuevo Mundo como una de esas columnas de humo en los largos crepúsculos del trópico que son el trasfondo de un paisaje de ensoñación y encantamiento. 

Washington 14 abril 1954.
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Sobre el autor

Mi foto
Olanchito, Yoro, 1941. Realizó estudios de profesorado en Ciencias Sociales en la Escuela Superior del Profesorado y es licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Divulgador cultural y periodista de oficio, Juan Ramón Martínez Bardales es columnista del diario La Tribuna desde 1976, medio en el que también coordina los suplementos Tribuna cultural y Anales históricos. Además, mantiene una columna en La Prensa de San Pedro Sula y una semanal en la revista Hablemos Claro.